Sigue adelante, hijo
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«No podré olvidar jamás tres palabras de mi padre que cambiaron mi vida… Tenía entonces diecisiete años, y el resultado de los exámenes trimestrales fue catastrófico: desilusionado con los resultados de mis exámenes, el director había concertado a toda prisa una entrevista con mi padre. »
Recuerdo muy bien aquella noche fatídica. Cincuenta y tres años después puedo recordar perfectamente lo que ocurrió. A las ocho de la noche estábamos en el Seminario. Yo me temía lo peor y así fue. El rector le dijo a mi padre: “después de todo, Dios llama a sus hijos por caminos muy distintos, son pocos los llamados a la vida intelectual, y menos todavía los que alcanzan la vida sacerdotal”; no lo he dicho todavía: yo quería ser sacerdote. »
Mi padre trató de defenderme por el fracaso de los exámenes, pero el rector le cortó en seco: “no debe usted afligirse, san José era carpintero. Dios encontrará trabajo para ese hijo suyo”. Nos despedimos. No había nada que hacer. Estaba claro que me expulsaban del colegio. »
Como si fuera ayer, recuerdo aquella noche fría, oscura, húmeda. Fuimos a casa en silencio, cada uno dando vueltas a sus propios pensamientos. Los míos eran tristes. Al fin, demostrando indiferencia como suelen hacer los chicos, dije: “que se queden con su título. Conseguiré un empleo y te ayudaré en el trabajo, padre”. »
Mi padre puso su mano sobre mi hombro y me dijo estas pocas palabras, que hoy las escribo por si pueden alentar a otros: sigue adelante, hijo. Y yo seguí. »
Y a continuación iba la firma del que tenía ya setenta años cumplidos y que a los diecisiete expulsaron del colegio, porque no valía para estudiar para sacerdote. La firma decía: Richard, Cardenal Cushing. Arzobispo de Boston»
Fuente: Siempre alegres (Jesús Urteaga)